Despidos
17 diciembre, 2011 Dejar un comentario
Un momento antes corrió la voz de que iban a despedir a doce empleados. Durante toda la mañana la gente temió que sonara su teléfono. Lo hizo al momento el de mi compañera. “Soy la primera”, dijo. Silencio, caras largas. Después otro, y otro, y otro. Con las cajas, como en las imágenes de Lehman Brothers, pedían DVDs para grabar sus documentos, donaban sus rotuladores fluorescentes y sus librillos de post-it. Varios e-mail para todos con un “Hasta pronto” en el asunto. Se van, y apenas sabíamos que les teníamos afecto, porque estaban ahí, sí o sí, ocho horas de cada día de nuestra vida de lunes a viernes. El lunes no estarán; se supone que lo habremos digerido el fin de semana sin posibilidad de hacer corrillos. Los despidos casi siempre son en viernes.
A los despedidos les invade una especie de euforia por su inminente giro vital. Lo sé porque me han echado un par de veces. Te ves en un momento como centro de atención y recibes muestras de cariño o abrazos, la mente se ocupa en dejarlo todo atado. Cuando eres testigo lo que te invade es una rara melancolía, que te impide concentrarte, que no desaparece al día siguiente. Por eso escribo: contra la melancolía.
La mayoría de los despidos ocurren porque el empleador piensa que por la razón que sea puede o debe ahorrarse un coste salarial. Ese es el detonante. Pero cuando hay varias posibilidades el despedidor suele elegir a aquellos con los que sintoniza peor, o con los que ha tenido algún viejo desencuentro por el que siente algún rencor. Estas circunstancias provocan sentimiento de culpa en el despedido, que en cierto modo se hace responsable de su despido por haber criticado al jefe, por ejemplo. Se tarda un tiempo en perdonar al que te echa, se siente liberación cuando perdonas y pasas página.
Al fin y al cabo, los despedidos quizá pasen a tener una vida mejor. Ojalá. A mí me ha ocurrido: Después de perder el empleo recuperé la salud. Mucho peor fue otra despedida que tuvimos ayer. Mi gatita de 16 años estaba muy enferma. Aún no había empezado su agonía, pero el pronóstico era fatal y tuve que llevarla al veterinario para que le practicara la eutanasia. Allí la dejamos, y aunque fue una gata arisca y con carácter, ahora percibimos su ausencia y nos deja un vacío muy grande.

