El procomún

La revolución cultural del procomún. Así se titula el reportaje que publica hoy El País. Me han dado ganas de difundirlo porque llevo unos días pensando en el sentido que puede tener escribir un blog que no lleva a ninguna parte, del cual no voy a obtener beneficio económico alguno. Como me ocurre a mí, que al fin y al cabo publico un pequeño texto cada dos semanas o una reseña de alguna obra de la que no soy autora, como me ocurre a mí que me cuestiono el sentido de este trabajo, le ocurrirá a millones de artistas: músicos, escritores, fotógrafos, que ven cómo el fruto de su esfuerzo aparece regalado en Internet. Tenía yo ganas de encontrarle un sentido a todo esto, y al fin, gracias a este reportaje de Antonio Fraguas publicado hoy, se lo he encontrado:

“Puesto al día por la estadounidense Elinor Ostrom (Nobel de Economía 2009), el término [procomún} se refiere a los bienes que son de todos, no confundir con bienes públicos (del Estado). Para sus defensores son procomunes, entre otros, el aire, el agua, el conocimiento científico, el software y, también, las obras culturales…”

En el reportaje se cita a Antonio Lafuente, responsable del Laboratorio del procomún, que dice:

“Para que a alguien creativo se le ocurra algo ha tenido que leer un montón de cosas, participar en seminarios, visitar exposiciones… hay una atmósfera cultural que es el fundamento para que pueda generarse la creatividad. Además se necesita una infraestructura: bibliotecas, transportes, canales de acceso… Hay una dimensión en la creación que es procomunal: por eso es absurdo es que alguien al que se le ocurre algo le den la propiedad en exclusiva por ni se sabe cuántos años y que la pueda transmitir a sus hijos”,

Esto me ha parecido muy importante y en efecto revolucionario, aunque no en el sentido anarco-comunista del término revolución, como parece haber entendido Raquel Marín, autora de la ilustración sesentera puño en alto que acompaña al reportaje, sino revolucionario en el sentido de vuelta de tuerca o paso adelante en la historia de la humanidad. Toda revolución en este sentido del término ha terminado con algunos oficios: la revolución del transporte acabó con los oficios relacionados con caballos y bestias de carga. Esos gremios seguro que lanzaron mensajes apocalípticos sobre los coches sin caballos.


Estoy leyendo un libro de Simon Garfield titulado Es mi tipo, que aprovecho para recomendar a todo el que se vea atraído por la expresión escrita. Los libros de tipografía suelen ser excesivamente técnicos o aburridos. Este no. Cuenta anécdotas de las vidas de los fundidores de tipos a lo largo de la historia, de sus vidas privadas y la dedicación a su oficio. Antiguamente no existía el concepto de propiedad intelectual. A John Baskerville, el mayor diseñador de tipos de su era, no se le hubiera ocurrido erigirse propietario de su letra Q mayúscula; si hubiera vivido en el siglo XX se habría enriquecido. Se mantenía en parte gracias su trabajo de inscripciones en lápidas. A su muerte, el pionero de los derechos de autor, el revolucionario francés Beaumarchais compró su tipografía para imprimir las obras completas de Voltaire. Lean ese libro. Les va a entretener.

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Acerca de Lola
Maquetadora de las de cuentahilos, pantonera y tipómetro.

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